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Inocente y cazada [Jamie Thomas]

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Inocente y cazada [Jamie Thomas]

Mensaje por Ivàn Pavelovich Berezutsk el Jue Dic 13, 2012 9:41 pm








Ondeando en su vestido rojo la vaporosa Lourie comenzó a correr por el bosque, agazapada por el frío y temerosa de cada sombra aparecida en su camino. Jadeaba agotada por los pasos quebradizos de sus huesos pubertos, sus manos balanceadas por el aire sin ritmo alguno buscaban agarrarse de los centenarios troncos, su boca se resecaba mientras apretaba los ojos del pavor y rechinaba los dientes guardando un silencio sepulcral. Quebraba ramas en su huida, desesperada recuperaba el aliento con la garganta casi sangrante. La transpiración le recorría la frente, se volvía helada toqueteándola por los pequeños pechos, pegándosele el vestido rojo, eternamente decorado por un diseño repetitivo. Le zumbaban los oídos y lo único que lograba captar era el golpe estrecho de su pobre corazón. Las lágrimas le adornaban los ojos adoptando una mueca atormentada y suplicante; la fuerza de su vida peligraba de pronto con padecimiento, sentía a su depredador mordiéndole los talones obligándola a creerse estúpida. Su dolor abundaba rellenándole las tripas, se las revolvía y sentía odiosas ganas de vomitar, ¿el qué? El desprecio, las mentiras y el engaño. Presa siempre había sido y desconocía su propia denominación. Lourie aun creía en los hombres y esa era su mayor equivocación.

Por lo que siguió la calzada atisbada de miradas pervertidas, en espera y expectantes. Todos asistentes de un rotundo final, dueños de una alborotada sensación, exquisita, que inexistentes y si los hubiera esperarían ver a Lourie muerta, ahogada en su propia miseria y cantando un himno de decepción que haría sonreír a todos. Reiríamos a carcajadas y nos regodearíamos de su hueca vida, de su desesperación y su ciega confianza en los seres humanos. Abusaríamos de ella con todas sus letras y en cada vocal de su nombre.

Los gritos comenzaron a aflorar cuando comprendió que se le acababan los trechos, las salidas se le hacían más angostas y descubría que caía en la trampa. Llevó sus blancas manos enlodadas de cada tropiezo hasta sus orbes de gráciles colores claros. Su boca desmoronada soltaba sollozos casi de una pequeña y se embarraba el rostro cuando la desesperación le afloro en la piel. Se sabía atrapada, y lo único que le quedaba era pedir a Dios porque algún día encontraran su cuerpo. Desolada y marginada estaba acorralada contra una enorme pared de piedra, que si acaso sacara alas podría sobrellevar, pero este era el último vuelo para Lourie, bien lo sabía y bien se lo anunciaban. Todos los sonidos a la muchacha la confundían, la volvían loca y con recelo se pegaba a la roca pensando que la roña le abriría paso para un victorioso escape.

-"¡Sal de una vez!"- gritó con desesperación, mientras se tragaba la mucosidad que bajaba por su nariz y se ensalivaba la barbilla al olvidar como hablar. Solo balbuceaba. El miedo se apoderaba de sus cuerdas vocales y la herida de sus rodillas demarcaban pequeños caminos carmesís por sus patas tan flacuchas. Al final podías contemplar sus zapatos de niña, sus medias altas y el cabello enmarañado. La muestra un ánime de la debilidad humana.
Los arboles de pronto movían sus ramas, la luna quizás solo la apuntaba a ella, dejando al mundo en penumbra y haciéndola plato principal de un evento tan sádico. La alegoría del fuego que se apaga, el morbo que todo ser humano desearía contemplar.

Pero los pasos de un hombre irrumpieron el lugar, con las manos cruzadas y los dedos bien apretados. Llevaba un traje, parecía alto y casi un fantasma. La luz era caritativa con él y también lo acogía: sus ojos negros como la boca de un lobo también eran afilados, cual sus dientes y parecían encajar perfectamente en las heridas que la chiquilla exhibía. Se acomodó el cabello para atrás y sonrió el monstruo con amabilidad. Soltó sus manos tan soldadas, acomodándose los huesos de la barbilla como si buscara preparase para la cena. El animal patinó el pie izquierdo por el fango anunciando sus intenciones más macabras y sin ninguna otra preparación se acercó para hacerla suya, no de una forma carnal, sino la más pura muestra de libertad humana. La sacrificaba de pronto para salvar su alma.
La agarró del cuello con una rapidez impoluta, apretándole los labios como un amante agresivo buscando besar. La envolvió con todo el cuerpo en un capullo torturante y sacándole varios centimetros de diferencia ostentó en su altura para nombrarse abusador. Le lamió las yagas asquerosas de su rostro, se alimentó en la dicha fabulosa de escucharla callar. La intimidó de cual manera que las piernas le flaquearon y terminó siendo un trapo en manos de quien todo lo rompe.

-Oh Lourie, querida Lourie, ¿pensabas que nadie te estaba mirando?, ¿qué absolutamente nadie conocía tus pecados?- la marrona cabellera se sacudió negando las palabras del hombre de extraño parlar -Pobre niña tonta, ¿qué puedes decir de Sean?, ¿pensaste las consecuencias cuando lo aventaste al río? Siempre hay presas estúpidas y eres una de ellas- los guantes negros del ruso le recorrieron en grato andar por sus desnudos brazos y se plantó un paso hacía atrás para encimarla en sus piernas. Con voz arrullante intentó calmarla cuando esta comenzo a sollozar. Los enormes bosques de Múnich tan enormes jamás dejarían rastros de su pertenencia y era eso quizás lo que la arruinaba: pensar que nunca alguien la encontraría y que los padres destrozados por la perdida del hijo menor la olvidarían, como todo lo que olvída el tiempo.

El plan era perfecto y la presa estaba servida, no hizo falta un golpe final para clavarle un puñal en el vientre, solo desligarlo, rasgarle las prendas y rebuscar en su carne para torturarla un poco más. Quería excitarme con su último halo de vida, con sus últimas palabras que solo serían oídas en su mente. Pero estabas tú de pronto para cagarme la noche, aparecías a la lejanía como alguien que encontró mi Royce negro estacionado al borde del camino. Las luces estaban parpadeantes y la puerta completamente abierta. No podría largarme sin ser descubierto, y la segunda opción me costaría un precio fatal.

Sentí entonces las ramas ser corridas, el infame voyerista observando algo que no correspondía a sus ojos encontrar. Y imprecando en voz baja busqué la presión en el pálido cuerpo de la chiquilla. Era ahora o nunca, pues hasta con la habilidad de un espeluznante asesino en serie sería imposible: enterré el cuchillo entre las vertebras de Lourie y pedí a Dios que mi plan diera resultado. Y finalmente, sumergido en un fingido dolor me arrodillé en el fango. Con el cuerpo inerte y apenas respirando contra mi pecho. Con una sonrisa en el rostro cuando sentía que debía comenzar a fingir, nuevamente, ser un hombre bueno.

-¡Ayúdeme alguien!, ¡han herido a mi sobrina!, ¡oh Dios mío, ¿por qué?!- grité tan fuerte como si me desgarrara la garganta. Y la figura apareció tan bondadosa entre la hierba y las hojas de los árboles. ¡¿Oh Jamie, en qué te has metido?!

Bien oculta el arma la mantuve. Porque al final, todos aplaudieron.

IVÀN VLADIMIRO PAVELOVICH BEREZUTSK


Última edición por Ivàn Pavelovich Berezutsk el Mar Ene 08, 2013 1:05 pm, editado 4 veces


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Re: Inocente y cazada [Jamie Thomas]

Mensaje por Jamie Thomas el Miér Dic 19, 2012 11:03 pm

La oscuridad del universo se extendía tras la sombría ausencia del sol, dando todo el protagonismo que se podía permitir a la carismática aura espectral de la luna esparcirse en finos y delicados rayos de luz que se posaban allí dónde la contaminación lumínica no se atrevía llegar. El inminente invierno se apoderaba de las temperaturas, helándolas sin piedad y hundiéndolas bajo cero, perdiendo la compasión y humedeciendo el aire, puede que avisándonos de la fría sequedad de una de esas nevadas que nunca querías presenciar fuera de casa. Había tenido la oportunidad de apreciar lo que era el frío polar y prefería evitar cualquier tipo de recuerdo.

Sujetaba el volante sin mucha preocupación, sin apurar el acelerador, dejando la brisa surcar el coche desde las ventanillas delanteras, ambas abiertas, permitiendo que el frío aire desalojara el dormir de mis posibilidades. Mi sendero se desdibujaba más allá de la imponente luz de los faros y hacía de la carretera una continua adivinanza, sin dejarme conocer si la solución será una apacible llegada a Berlín o un desagradable contratiempo con algún ciervo. Y la verdad, no tenía ni la conciencia para abandonarlos ni el tiempo para cargarlos, así que evadía todo pensamiento de preocupación sin superar el límite de velocidad y encasillando mis pupilas en el parabrisas.

La radio se encontraba apagada. No podía permitirme el placer de escuchar a Bach o Mozart en los altavoces del coche, y a aquellas alturas del camino ninguna emisora se escuchaba sin los típicos sonidos de lluvia e interferencias; protuberancias sónicas que hacían tambalear mis nervios cuando eran tan innecesarias. Quería llegar a lo que se suponía que era mi dulce hogar, cenar desgustando lo que pretendía ser algo con el suficiente sabor para despertar en mis papilas gustativas algún tipo de emoción, y acostarme entre sábanas y mantas que cada noche intentaban imitar una calidez que de algún modo sabían que jamás volvería a sentir.

Quería llegar a casa y descansar, olvidar tanta sangre injustificada, disparos indebidos e ideales aun desconocidos. Cada vez tenía mayor impresión de que aquella sería mi última misión, que aquellos terroristas conseguirían hacerme ver lo último que me faltaba por ver un mundo tan marchito y despreciado, y de que, de algún modo, me harían descubrir que realmente a mí no me quedaba nada por vivir. Sí, sentía eso, sentía que mi deber terminaría con aquella misión eterna, y que cuando lo hiciera, también lo haría mi vida. El cómo aun es una cuestión que prefiero no plantearme. La esperanza y la ilusión propia no es algo con lo que me gusta jugar.

Sin embargo, mientras me mantuviera en pie y con las fuerzas para mantener mi corazón latiendo, haría lo que debía hacer, no permitir que ninguna vida se convirtiera en muerte, fuese como fuera. Cosiendo puntos en una herida, parando una hemorragia o descubriendo los principales planes del nuevo terror europeo. Hasta entonces no me atrevería a idear un futuro, y mucho menos, a plantearme que tan justo sería abandonarlo todo por recuerdos que parecían grabados a fuego en cada una de mis neuronas.

Sentía como con todo aquél dramatismo se me atoraba la mente y la respiración se volvía espesa. Poco a poco todo eso se fue agravando, se me nublaban los pensamientos y me sentía asfixiar, perder cada soplo de aire. Miré al frente agarrando el volante con fuerza y me salí de la carretera frenando bruscamente en el arcén. Quité, cómo si algo me presionara a hacerlo, la llave del contacto apagando el coche sin dilaciones. Apoyé la cabeza contra el respaldo mirando al techo del vehículo, acolchado y de un tenue color gris.

Respiré hondo varias veces hasta notar el aire frío llenar mis bronquios. Cerré los párpados y me quedé así unos minutos. No me explicaba que me había pasado, aquél impetuoso y maleducado ataque de ansiedad que había decidido hacer presencia en mí sin mayores motivos que el de melancólicos pensamientos provocados por el sueño y la amarga nostalgia. Como si yo pecara queriendo acabar con la angustia, habiendo saldado todas mis posibles deudas con la vida hacía ya cierto tiempo.

Al calmarme decidí volver a ponerme en marcha, pero entonces algo me llamó la atención. Al otro lado de la vía había otro coche, con las luces intermitentes encendidas. Me bajé de Volkswagen y crucé el asfalto con pasos ligeros, pero no apresurados. Allí miré dentro del coche quedándome desconcertada al no ver a nadie en la penumbra, e incluso abrí la puerta del conductor para asegurarme de que en aquél vehículo no había nadie. Cerré la puerta con cuidado y rodeé el coche hasta que, con ayuda del absoluto silencio del bosque, escuché algo más allá de los árboles.

Miré al horizonte, en dirección opuesta a los coches, viendo una interminable manada de troncos salvajes perdiéndose en la negrura. Lo pensé durante tres segundos, si era buena idea el adentrarme allí, sin saber que encontrarme, o el largarme y abandonar aquella noche en un recuerdo que alguna mañana al despertar no recordaría. No obstante, abstraída decidí volver a mi coche, coger una linterna, cruzar de nuevo la carretera y perderme en las profundidades desconocidas de München.

Mis pasos eran dubitativos y mis sentidos controlados por una continua alerta. Los ruidos, mientras más cerca me encontraba, más confusos se hacían. No fui capaz de averigüar que buscaba, ni siquiera si realmente no buscaba sino me enfrentaba, hasta que finalmente un sonido desgarrado atravesó el aire, la madera, la humedecida tierra y las altas copas de los árboles. Aquello me pilló desprevenida sobresaltándome. Pensé en correr en dirección del desgarrado grito de auxilio, pero para cuando quise darme cuenta, ya me hallaba ante una sorpresa que nunca creí llevarme.

Con pasos lentos y gestos suaves me acerqué hasta el hombre, intentando asimilar la situación, aceptar que el descanso no llegaría a mí aquella noche. A un metro de distancia dirigí el potente foco de la linterna hasta aquella ensombrecida figura y la pobre criatura que sujetaba entre sus brazos.

- ¿Qué ha sucedido? -las palabras, la entonación, la decisión, nació de mí con fuerza mientras en mi cabeza aun todo se encontraba desordenado.



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