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Plumas y Sangre [Feliks Axmann]

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Plumas y Sangre [Feliks Axmann]

Mensaje por Ivàn Pavelovich Berezutsk el Jue Dic 27, 2012 10:13 pm








Una a una las plumas fueron desprendiendo su humilde mirada. Dueña de aquellos redondos ojos, colores oscuros con los que la infanta observaba, intrigada, asombrada de cada paso que el monstruo gigante plantaba en la habitación de sus padres. No parecía temblar de miedo, no palidecía ante el horror derramado esa noche. Poco le importaba o quizás lo desconocía: solo se permitía enrollar sus dedos alrededor de una grácil manta, tan suave como la piel propia y sonrojada parecía una enamorada. Daba en ocasiones algunas patadas, con dificultad, con una lentitud mecanizada que a poco le sobraba energía para mover las orbes nuevamente enfocando mi figura. Mientras, encerrada en su jaula blancuzca de no más de medio metro y decorada con detalles dorados, se retorcía, se balanceaba de lado a lado como si buscara forma de llamar mi atención o tal vez de escapar. Ella percibía la sangre y los huesos rotos, padecía un júbilo extremo y de pronto, tan rápido como llegaba se iba. Regresaba al llanto y cerraba la boca ¿Intimidada?, ¿hambre es lo que tienes? Vamos dímelo pequeña Sophie: este demonio también puede cuidarte, al menos unos instantes ¿Deseas bailar una pieza de ballet conmigo?, ¡vamos, anda, alzate y déjame tomarte para dar vueltas eternamente en este ensueño de terror! Eso es, no puede ser tan escabroso, ¿o sí?

La habitación desolada no recibía más que una brisa ratonera entremedio de las cortinas, iba pobremente cargada de una fragancia nocturna, que más bien parecía pestilencia. El panorama del atardecer había dejado atrás los cálidos colores de un sol moribundo y había permitido a la noche hacerse de cada rincón en aquella morada. La luna era , sin embargo, mi triste verdugo, alumbraba cada parte como si buscara benevolencia , suplicándome no continuar, contándome que bajaría hasta el suelo mortal para ponerse de rodillas. Esa criatura no tenía culpa y bien la moral lo dictaba, pero no podía permitir errar un plan, ninguno que pareciera sabrosamente fúnebre en mi paladar.
¡¿Por qué?, ¿calculado todos los posibles fallos no había? Pero allí estaba: ahogada de pronto en el llanto, comenzando a desesperarme, a lucirse con el poder que de pronto tenía sobre mi. Me podría el corazón con ese perenne sonido, con aquel molesto timbre que me recordaba hasta mi más ajena y anterior vida. De pronto los pies sentí helados, la frigidez se apoderó de mi maltrecha existencia y hasta pensé escuchar o imaginar las voces de tiempos añejos. Y aun asi, mi expresión seguía ajena, disecada, inyectada de desprecio ante esa alma solitaria e indefensa. La despreciaba, por un atisbo de sinceridad que parecía gritarme en el rostro, como pequeños perdigones su saliva llevaba bazofia en cada gota: un solitario ser sin alma y destinado al fracaso. Era cierto, todo lo que existía en el mundo se me había arrebatado ¿Por qué yo no podría hacer lo mismo en venganza al destino? Arrebatarles todo, a cada uno. Para mi era permitido, porque simplemente era el mejor.

Así que tomé mi navaja, lo levanté en contraste con la férrea luna que seguía lloriqueando del miedo. Podía escuchar el zumbido dentro del cráneo, la aceleración del corazon, las tripas dándome vueltas y el asco agobiándose en mi garganta. Estaba ella, sonriéndome, llena de gracia y pura como la mismísima virgen. Una retoña con su cara embarrada y de pronto volvía al llanto, suplicaba acaso, parecia endemoniada, parecia que ganaba.

Sophie jamás recordaría nada, pues mis vacilaciones la habían salvado a pesar de todo.

Debía entonces sacarla de allí, era lo correcto o lo inexacto. Nada se ideaba efectivo. Las manos comenzaban a transpirar bajo los guantes, podía sentirlas llenas de esa asquerosidad -me hacia temblar.
Agarré a la niña envolviéndola en unas cuantas sábanas y me deleité en mi paso hasta la puerta con la fuerza en las expresiones de los señores, jóvenes y tan lividos, muertos y helados ¿Sabrían que les habia perdonado la vida? Estarían orgullosos de su chiquilla después de todo.

Abalancé mis zapatos por sobre la alfombra, la sangre había teñido algunos colores claros del pelo en carmesí. Me señalaba el camino hacia al salón y detrás de este la salida izquierda a un callejón. La remembranza me atacó la cabeza con cierto recelo: los alaridos de la mujer cogida del cabello y el hombre maniatado a una silla de corte francés, unas cuantas horas antes. Balazos en la frente, una clara costumbre y quizás forma de pisarme los talones ¡Pero tan perfectamente limpio y sofisticadamente concretado que no podrían los investigadores hacerme más que cosquillas cerca del tobillo! Porque atravecé el umbral, enredándome con los sonsete de la gran ciudad. Ningún transeunte. Nadie podría percibir el color carmín escondido entre los pliegues oscuros de mi vestimenta.

Media vuelta a la esquina entonces me permití, metido en tierra de nadie, callejones que no se ausentan hasta en los mejores barrios de la ciudad. Adoquines resonantes, basura humana y material esparcida por centímetros tan anchos que parecen no sofocar al introducirte en el laberinto. Oía los quejidos moribundos e ignoraba las peticiones de la paria ¿Cuántos grados podrían existir de pronto a las doce de la noche? Parecía un tanto sombrío, como un espectro caminando entre muertos, cargando la fuerza de la vida en los brazos, como la única esperanza para la humanidad. Como si lo único válido fuera resguardado, era el perdón de Dios derramado sobre mis hombros, otorgados a una pequeña niña que jamás conocería ni su nombre.

Pero errar es humano, y preveer hasta el plan más impoluto no esta falto de improvisto: los pasos ligeros de una mujer monocromática en su vestir se apresuraron hasta el final del callejón. Envuelta iba en un halo de desesperación, el vaho inundó sus pulmones y salió de su boca con fuerza. Reclamaba el niño con añoranza pérfida, asquerosa de tanta necesidad. Su fuerza iba en el derecho y su derecho decía ser madre de esta criatura. ¿Qué? No me digné ha escrutar el rostro de la mujer, mucho menos el de la chiquilla. No estaba dentro de mi perfección equivocarme de presa, y si así fue de alguna forma lo solucionaría, la obligaría a encajar en mi plan. Unos pasos más, solo para inmidarla. Marchate mientras te conviene. Antes de que venga otro a cagarme la fiesta.

Me palpitaba el corazón, de pronto con tanta sorpresa no me creía sobrepasado, estaba acorralado. Nada más podía hacer que esperar. Esperar los pasos de un ser llevado por las sombras, envuelto en una carrera frenética entre esos callejones que de pronto divertían tanto a los vagabundos expectantes. Los hacían parecer bien provistos de trajes y sentados en primera fila de un teatro. Porque un nuevo personaje aparecía, paso tras paso hasta pasar a mi lado. Y suerte, tan apática ante algunos, a mi se me sentaba en las piernas prostituyéndose.

Te agarré entonces desde un brazo, y con cierta clemencia te atraje para detenerte, como haría cualquier transeunte sospechoso en tal situación -permítase hacerme un favor- nombré brevemente en mi labios, otorgándole la dicha de sostener a Sophie contra el pecho. Y entonces...

Usé entonces mi mejor careta, la ocuridad, me envolvió y frente a tus ojos Feliks la asesiné. Le abrí la yugular mientras la sangre bañaba el escote de la mucama y la hacía chillar. Quizás era el cisne equivocado.

IVÀN VLADIMIRO PAVELOVICH BEREZUTSK


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