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You owe me a favor, remember? [Aubrey Eberhardt]

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You owe me a favor, remember? [Aubrey Eberhardt]

Mensaje por Nikolaus D. Karst el Lun Ene 14, 2013 9:55 am

Apuntó y disparó. No le tardó mucho encontrar su objetivo: su ojo entrenado ya estaba preparado para buscar una aguja entre un pajar. Su mira telescópica le ampliaba la imagen y le facilitaba la tarea; el silenciador le mantenía en el anonimato, y cuando diese el golpe, podría desalojar la habitación, unirse a la plebe como uno más y nadie notaría la diferencia entre él, un terrorista, y un simple transeúnte, o quizá un turista. - Consideralo hecho. - Había afirmado, como una promesa, ni bien aceptado el contrato que lo obligaba a estar allí, en el techo de una de las torres empresariales, que daba justo a la torre donde su blanco se encontraba. Se había dado el lujo de infiltrarse en la torre, fingiendo ser un trabajador, estableciendo su centro de operaciones en el techo de la misma, donde en aquel momento se encontraba. Apuntó, y su dedo jaló el gatillo, a la par que una bala salía disparada, surcaba el cielo, rompía el aire, quebraba un cristal y acababa con la vida de un empresario corrupto que ya no vería un nuevo amanecer. - Hecho, ya saben donde estoy. Recojan todo y limpien la escena. Me largo. - Ordenó, desarmado su rifle francotirador y guardándolo en un estuche para instrumentos musicales, específicamente una guitarra, y ocultándolo a un costado tras unas mantas. Se levantó, se limpió los ropajes que llevaba, constituidos por una simple remera blanca y unos pantalones negros, y se apresuró a bajar por el ascensor, pues la torre era tan exageradamente grande que bajar por las escaleras era algo que no haría.

Llegó a la planta baja, saludó al portero con un ademán, como si fuesen conocidos o amigos de toda la vida, y se aventuró por la puerta de vidrio, la principal. Estaba por caer la noche; el Sol se ocultaba, lentamente, en el horizonte: sus últimos rayos, rojizos y naranjas, se veían por aquella franja que las altas torres dejaban ver. Tras salir por la puerta, cambió su rumbo y continuó por esa misma vereda. Caminó, uno, dos, tres pasos. Y una bala lo derribó.

No comprendió lo que pasaba hasta que yacía en el suelo. Intentaban eliminarlo, eliminar los cabos sueltos. Comprendía la táctica, contratar a un nuevo peón para que matase a otro igual y poner en jaque al enemigo, pero eso significaría sacrificar la pieza por voluntad propia. Y él era la pieza a sacrificar. Sabía que quedarse allí tirado significaría su muerte. El disparo, por suerte para él, había entrado por un costado de su pecho. Seguramente el francotirador encargado de eliminarlo había intentado darle en el corazón y le había salido mal. Para su suerte, ni su corazón ni su pulmón se habían visto involucrados, pero la bala seguía dentro de su cuerpo. Le pareció escuchar el sonido de un casquillo caer y una nueva bala ser cargada en el rifle. No lo dudó más, se levantó como pudo y corrió, cruzando la acera hacia la contraria, y se escondió, usando los callejones que tanto conocía para perder de vista a su victimario.

Tras unos minutos de cambiar de rutas y atravesar oscuros pasillos, salió a una de las calles que conectaban con el centro de la ciudad. Allí no había mucha gente, lo cual le convenía, pero a lo lejos, unas cuantas cuadras más adelante, lograba ver toda una multitud caminando y paseando como turistas. Y claro, era el centro de Múnich, después de todo. Tenía que haber gente. ¿Qué hacer? ¿Pedir ayuda? No, prefería morir antes que rogar por su vida a algún desconocido. Caminó, tambaleante, por las calles desoladas. Su mano derecha se posaba sobre su pecho, un poco a la izquierda, a la altura del corazón. Tenía suerte de estar vivo, pero, ¿cuánto más le duraría esa suerte? A la Parca no se la puede engañar por mucho tiempo y eso ya lo sabía. Sus fuerzas abandonaban su cuerpo, y apenas se daba cuenta; terminó sentándose en la acera, con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared. Miró su mano: ensangrentada, con esa sangre que seguía manando de su herida y manchaba de rojo su blanca remera. Suspiró, pensando que si se ponía a analizarlo, era un lindo lugar para morir.
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Nikolaus D. Karst

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Re: You owe me a favor, remember? [Aubrey Eberhardt]

Mensaje por Aubrey Eberhardt el Mar Ene 22, 2013 3:24 pm

Aubrey se abría paso en un torbellino de caminantes y sombras. Todos motivados por distintas diligencias que atender, se movían a paso rápido. Sentía si se descuidaba acabaría arrollada por las masas de gente cruzando Berlín como una estampida de elefantes, de modo que mantenía el paso rápido, a pesar de no tener ningún destino concreto.

La angustia la había sacado del apartamento en donde residía, que hace algún tiempo había dejado de ser hogar. Solía suceder que, después de largos períodos de aislamiento, comenzaba a sentirse asfixiada, y entonces ansiaba contacto con el mundo exterior. Necesitaba respirar un aire menos denso. Aún atrapada en el torbellino de transeúntes, agradecía el panorama distinto a su monótona residencia.

Allí, entre la muchedumbre, se sentía bastante ajena. Creía ver a su alrededor el mundo inmerso en asuntos que para ella habían perdido importancia. Se preguntó en qué momento se había convertido en una mujer tan solitaria; la respuesta le llegó con el dolor lacerante de memorias aún frescas.

Se entretenía advirtiendo detalles. Miradas, movimientos, gestos, palabras y expresiones de hombres y mujeres que no tenían nada que ver con ella. ¿Lo era así realmente? A veces le reconfortaba pensar que las personas estaban relacionadas entre sí con lazos más profundos, invisibles a la vista superficial, aunque no existiera consciencia de ello. Distraída de los asuntos relativos a la cotidianeidad, señaló con cejas arqueadas por la sorpresa una imagen estremecedora: un hombre permanecía sentado en la acera próxima, con la cabeza descansando sobre la pared de algún local en recesión y una mancha escarlata que nacía sobre su pecho.

Miró a los lados, por encima de sus hombros, buscando algún otro testigo. ¿Era la única que lo había visto? ¡Un hombre herido allí, a ojos públicos, y nadie parecía darse cuenta! Sintió una ola de desprecio nacer dentro de sí en contra de la humanidad, de su esencia egoísta. Aunque aterrorizada, se armó de valor y se acercó cautelosa a aquel hombre. Conforme la distancia se redujo y comenzó a distinguir los rastros del malherido, el corazón se le encogía, asediado por un mal presentimiento. No, no un mal presentimiento; una realidad aplastante que le descolocó y anudó su garganta, un frío pérfido calándole los huesos.

Nikolaus.

Recordó su nombre enseguida. Aunque sentía caer presa del pánico, se acercó en rápida carrera hasta su lado, arrodillándose, con la angustia impresa en su rostro. ¡Mierda, mierda! ¿¡De qué se trataba ésto!? ¿Qué podía hacer? Jamás se había enfrentado a una situación similar. La herida no parecía muy grave y le alivió descubrir que aún guardaba consciencia.

- ¡Niko! ¡Dios mío, Nikolaus! - le llamó, con el horror turbando su voz -. ¿¡Qué te ha pasado!?

Quiso atenderlo, ayudarle a levantarse, pero temía hubiera alguna otra herida, oculta a sus ojos, que pudiera ocasionar una lesión más grave. Señaló la mano manchada con la que Nikolaus, receloso, cubría su propia herida. Enseguida recordó la suya, de días atrás, ahora prácticamente sana, y sintió un escozor en los ojos. Aquello pintaba muy mal.

- Llamaré una ambulancia - informó, haciéndose con el móvil en su bolsillo -. Debes ir a un hospital ahora mismo.

Rápidamente, con dedos temblorosos por los nervios, comenzó a marcar un número. Mantenía la mandíbula tensa y el entrecejo fruncido. A su alrededor, unos pocos caminantes abandonaban las sombras y advertían la situación. El murmullo comenzaba a alzarse como orquesta.

¡Maldita sea, Niko! ¿¡En dónde demonios te has metido!?
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Re: You owe me a favor, remember? [Aubrey Eberhardt]

Mensaje por Nikolaus D. Karst el Dom Ene 27, 2013 4:51 am

Le dolía, y bastante. Se miró la mano; no podía decir que estaba desilusionado. ¿Cuántas noches había pasado ya en vela, pensando en que esa podría ser su última bocanada de aire? ¿Cuántas veces había recorrido aquellas lúgubres calles bajo una orgullosa protección de ego inflado que le alejaba todos los males, como si ninguno le fuese a dañar jamás? Eran incontables, tanto los días como las noches, y en aquella ocasión, se cumplía el escenario que jamás habría previsto; y allí estaba, tirado y sangrando, deseando a la Parca para poder acabar con todo de una vez. Estaba feliz, y eso era lo triste de la historia. De su historia, de una promesa que no sería capaz de cumplir, de un odio que no vería fin, de una venganza que jamás sería: pero era feliz, feliz de deshacerse, por fin, de todo eso. Romper cadenas y caminar hacia la luz, como uno más. Estaba a punto de hacerlo; lo deseaba, lo anhelaba con aquel pedazo humano, ese deje de inocencia que todavía quedaba oculto dentro de él, oculto del odio en el que se convirtió su ser. Pero no partiría, no en aquella ocasión, y muy a su pesar. Aubrey llegaba al rescate.

Lo primero que notó de ella fueron sus gritos; su visión no era la mejor, la pérdida de sangre ya empezaba a hacer efecto: lenta pero constante, no duraría mucho así. Intentó articular palabra, pero su boca se cerró de inmediato. ¿Qué le diría? ¿Qué podría decirle a una persona que acaba de conocer, y que para él todavía era una extraña? Nada, se guardaría hasta la última palabra, y seguramente se las llevaría a la tumba. Tragó saliva, usando gran parte de sus fuerzas, en un notable intento por...¿Por qué? ¿Opacar el dolor? No, intentaba distraerse. Al menos no le dolería tanto al pasar al otro mundo. Sus ojos se clavaron como dagas en Aubrey en cuanto ésta dijo de llamar una ambulancia. - No, no lo necesito...estoy bien. - Sentenció, intentando ponerse de pie; una mano en su rodilla, la otra en la pared; usó toda su fuerza en ese intento, y casi de inmediato, terminó tirado en el suelo de nuevo. Quería irse de allí, pero no podía, al menos no caminando. Y una ambulancia no era una opción. Volvió a apoyar su cabeza contra la pared, tomando otra bocanada de aire. - Nada de ambulancias, nada de hospitales. - Agregó, posando su mano ensangrentada sobre el teléfono, obstruyéndole el marcado. - Nada de eso... - Continuó, con ese tono orgulloso que le caracterizaba por rehusarse a toda ayuda externa. Se iría de allí por su cuenta, o no se iría. Punto.

Y la opción de irse ya no le era probable. Moriría allí, estaba seguro de ello. Intentó levantar su cabeza para posar directamente su vista, pero eso ya lo había hecho una vez y toda su fuerza de voluntad se había ido ya, desaparecido en el aire como si se hubiese evaporado de su cuerpo. Todo su cuerpo se movió rápidamente cuando movió la cabeza a un costado para escupir sangre, aunque logró atinar al costado donde no había nadie ni nada. Siguió tosiendo unos momentos, hasta que logró ponerse en la misma posición de antes. - Durante mi vida he contado con muchas personas...y todas me han traicionado y defraudado... - Repitió el comentario que había hecho aquella vez, y ahora podía darle un ejemplo. No pudo evitar reírse de su propia estupidez. - ...¿qué haces aquí, Aubrey? - Puso su última voluntad en levantar la cabeza y mirarle directamente; sus ojos reflejaban ese dolor que sentía por toda su alma, aunque difuminado por ese orgullo que se rehusaba a darse por vencido. Las murallas lentamente se volvían a alzar, pero ésta vez no cubrían tanto como antes. - Deberías irte, no necesito ayuda para morirme. Con ésto ya es suficiente... - Finalizó, colocando su palma sobre su herida, que continuaba manando sangre. No se atrevía a mantener contacto visual, no de nuevo; su orgullo no lo soportaría. No en ese estado. Y quizá, jamás volvería a hacerlo.
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Re: You owe me a favor, remember? [Aubrey Eberhardt]

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